¿Y si no se trata de que te pasen cosas buenas?

Hay una pregunta que me ha acompañado este verano después de volver a leer un libro que quizá muchos conozcáis: Cómo hacer que te pasen cosas buenas, de Marian Rojas Estapé.

El título puede llevarnos a pensar que se trata de aprender algún secreto para conseguir que la vida nos vaya siempre bien. Como si existiera una fórmula para atraer siempre cosas buenas y mantener alejadas las que no queremos.

Pero, cuando profundizas en el libro, descubres que el mensaje es bastante más interesante.

Porque la vida no funciona así.

A todos nos van a suceder cosas que no hemos elegido. Habrá días buenos y días difíciles, proyectos que saldrán como esperábamos y otros que se torcerán, personas que llegarán para quedarse y otras que se irán. No podemos controlar todo lo que sucede a nuestro alrededor.

Lo que sí podemos aprender es a relacionarnos de una manera diferente con aquello que nos sucede.

Y eso cambia mucho las cosas.

Nuestra atención también construye nuestra realidad

Durante el año vivimos rodeados de estímulos. Correos, mensajes, reuniones, noticias, conversaciones, decisiones pendientes… Nuestra atención va saltando de un lugar a otro y, muchas veces, terminamos el día sin recordar siquiera en qué hemos estado realmente presentes.

Marian Rojas dedica una parte importante del libro a explicar precisamente la importancia de la atención y cómo nuestro cerebro filtra la enorme cantidad de información que recibe. Aquello a lo que prestamos atención adquiere más presencia en nuestra experiencia.

Quizá por eso agosto pueda ser un buen momento para observar dónde estamos poniendo nuestra atención.

  • Porque podemos pasar una tarde maravillosa y recordar solamente aquello que salió mal.
  • Podemos tener un equipo que ha conseguido grandes avances y quedarnos pensando en el único objetivo que todavía no hemos alcanzado.
  • Podemos compartir una comida con alguien que queremos y estar físicamente allí mientras nuestra cabeza sigue resolviendo lo que tendremos que hacer mañana.

No se trata de negar lo que no funciona, se trata de no permitir que lo que no funciona ocupe todo nuestro campo de visión.

Lo que pensamos también nos afecta

Una de las ideas con las que más coincido del libro es la conexión entre lo que pensamos, lo que sentimos y cómo responde nuestro organismo.

Cuando vivimos durante mucho tiempo en alerta, preocupados o intentando controlarlo todo, nuestro cuerpo también lo nota. El cortisol es una parte importante de esa respuesta al estrés, y la autora explica cómo determinados hábitos, pensamientos y estados emocionales pueden mantenernos en ese estado de activación.

Esto tiene una aplicación muy práctica en nuestra vida cotidiana: cuando aparece un problema, no siempre podemos cambiar el problema, pero sí podemos detenernos antes de reaccionar y preguntarnos:

 ¿Qué estoy interpretando de lo que está ocurriendo?

Porque dos personas pueden vivir una misma situación y experimentarla de una manera completamente diferente.

  • Una puede pensar: «Esto demuestra que todo está saliendo mal.»
  • Otra puede pensar: «Esto no era lo que esperaba, pero ¿qué puedo hacer ahora?»

La situación es la misma, pero la respuesta cambia. Y ahí aparece una de nuestras mayores oportunidades de crecimiento.

Quizá las vacaciones también puedan ayudarnos a descubrir las cosas buenas de nuestra vida

Por eso creo que este libro puede ser una buena lectura para agosto.

No necesitamos convertir las vacaciones en otro proyecto más de mejora personal. Bastante hemos hecho ya durante el año, probablemente.

Pero sí podemos aprovechar este cambio de ritmo:

  • Para observarnos con más detenimiento.
  • Para descubrir qué pensamientos aparecen cuando dejamos de correr.
  • Para darnos cuenta de qué personas nos hacen bien y con quiénes necesitamos poner límites.
  • Para recuperar conversaciones que habíamos dejado pendientes.
  • Para disfrutar de algo sin pensar en la siguiente tarea.
  • Para volver a prestar atención a cosas que durante el año pasan desapercibidas.
  • Y, sobre todo, para preguntarnos qué queremos llevarnos de este verano cuando volvamos a nuestra rutina.

Porque quizá la verdadera pregunta no sea:

¿Cómo puedo conseguir que me pasen solo cosas buenas?

Quizá sea:

 ¿Estoy prestando suficiente atención a las cosas buenas que ya están pasando?

  • A una conversación que me ha hecho bien.
  • A una persona que me acompaña.
  • A un proyecto que está avanzando.
  • A la oportunidad de aprender algo nuevo.
  • A un cuerpo que me permite seguir haciendo aquello que disfruto.
  • A un momento de calma que normalmente no encuentro.
  • A la posibilidad de empezar de nuevo.

Y esto también tiene mucho que ver con nuestro trabajo

Después de tantos años acompañando a profesionales y equipos, hay algo que observo una y otra vez: muchas veces no necesitamos únicamente aprender a tener más cosas. Necesitamos aprender a mirar de otra manera.

  • Un equipo puede tener recursos y seguir sintiéndose agotado.
  • Un profesional puede tener buenos resultados y, sin embargo, sentir que nunca es suficiente.
  • Un directivo puede tener experiencia y conocimientos y necesitar desarrollar algo tan sencillo y tan difícil, como detenerse, observar y elegir cómo quiere responder.

Por eso, cuando trabajo con personas y organizaciones, no pongo en el foco únicamente en transmitir herramientas.

Me interesa generar ese momento de consciencia en el que una persona comprende algo sobre sí misma y, a partir de ahí, puede empezar a actuar de otra manera. Mirando desde mi metodología 3C:

  • Conocer lo que nos ocurre.
  • Cuidar aquello que necesitamos.
  • Crear nuevas formas de vivir, relacionarnos y trabajar.

Al final, quizá eso sea lo más parecido a hacer que nos pasen cosas buenas.

No esperar que la vida sea siempre fácil, sino aprender a estar más presentes para reconocer lo bueno, tener recursos para afrontar lo difícil y capacidad para construir, con nuestras decisiones, más experiencias que merezcan la pena.

Este mes de agosto, si tienes unos días de descanso, te propongo algo muy sencillo: además de desconectar de la agenda de trabajo, intenta conectar con aquello que durante el año pasa demasiado rápido delante de ti.

Quizá descubras que hay más cosas buenas de las que pensabas. Y quizá alguna de ellas estaba ahí todo el tiempo, esperando simplemente que volvieras a mirarla.

Que tengas un verano lleno de momentos que merezca la pena recordar.

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